Se estaba muriendo una dendrita por vomitar esta página en cinta en el vientre de un blog trotamundo, se atragantaba esta garganta por escupir las palabras insomnias de viento y cal. Se miraban las miradas con ganas de destajo, las manos querían la sangre de las letras moribundas que vagan por los pasillos breves y los túneles que llevan a Gibraltar, salino enjuague de manos que purifican el miedo al rose de tejido y piel.

Sabor, sal, tierra, viento, el Río Genil, la planta llamada Tibet que murió olvidada en el principal de Maria Claret, el laguna al tope de mudanza, con las pinturas menos frescas y las maletas en la batea, las películas arrojadas al buzón del círculo de semi intelectuales catalanes de clase medio mediocre. Recuerdo la salida, la huida, perdimos a la ciudad,  se escuchó el suspiro del moro.

El frio que congelaba los huesos, mientras la sed se disipaba en manantiales escurridos desde Sierra Nevada, el calor sólo se percibía desde las entrañas y los senos latentes de la Alpujarra, como esperando abrazar y protejer en su pecho a todo infante que llega olvidado y sin olvidar que sus pasos no son suyos. Danzando en sus manos, dos locos de atar, danzando en el precipicio de la divinidad, dos locos de atar, prefirieron regresar a volar.

Se despidió del azar el Hayedo de Montejo, le regaló un mar de hojas pintadas de otoño en su vehemencia, ningún ritual alcanzó para volver a unir doce mil kilómetros de aire, más que de tierra, nada une por siempre la necedad con el deseo, las malas decisiones del miedo los hizo luchar a duelo y murió la necedad, y murio la necedad, y murio la necedad  por necia.