La primera vez que te vi, sugirió que tenías talento, la segunda que te conocí mejor, sugirió que tenías suerte, ahora entre más pasan los día creo fervientemente que nunca sabremos la verdad.

Aquí en la selva de asfalto, con los edificios de cristal transparente (no son de Bohemia), entre trajes y corbatas, miles de respiraciones al unísono por las calles, caminando con un aire de seguridad que empieza en la cabeza, pero termina en los talones. Es ahí cuando notas el nerviosismo de los que caminan a medio despertar. Camino más rápido, por que todos me insisten que sino apuro el paso no sería una ciudad. Encarnado en el asfalto el olor a muchedumbre, a peste de sueños putrefactos que se echan a perder a orillas de los pasillos.

Voy caminando por el corredor, caminando de prisa y me imagino qué haría tanta gente a orillas del Río o del Mar y en medio del desierto, caminando como locos hacia ninguna parte, sin vestimentas adecuadas, todo tan poco apropiado. Suelto una sonrisa y alguien me mira como si la extremadamente loca fuera yo...